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El boletín se va de vacaciones
¡Hola holaaaa! Aquí estoy de nuevo en esta hermosa lunación para contarte que, como todo, ¡los boletines cambian! Y a veces… también se van de vacaciones.
Y eso es exactamente lo que está por pasar con HABITAR.
Me voy a tomar hasta el mes de junio para trabajar en otro proyecto de escritura que me tiene muy entusiasmada (ya les contaré), y aprovecharé para reformular un poco el concepto - o cuasi-concepto - de lo que ha sido este boletín hasta ahora.
Si hay algún tema que te gustaría que trate o alguna otra idea o sugerencia para hacer de este espacio algo más ameno, ¡me encantaría leerte! Para dejarme tus comentarios solo tienes que responder a este mail. (Y si eres de esas personas tímidas, no te preocupes porque solo yo podré leer lo que escribiste).
Como ñapa (“yapa” en Argentina), te dejo acá un cuentito infantil que es una adaptación personal de un mito australiano sobre una serpiente enorme que, como ya se verá más adelante en el año, tiene mucho que ver con el Feng Shui.
¡Buena lectura!
La Serpiente Arcoíris
Hace mucho, muchísimo tiempo, cuando el mundo era tan plano como una galleta y estaba tan callado como un ratón dormido, todo estaba gris y oscuro. No había montañas pingorotudas ni valles hondos, ni ríos cantarines ni lagos para hacer la plancha, solo una tierra tan pero tan lisa que daba aburrimiento solo mirarla.
Pero debajo de esa tierra, enrolladita como un ovillo gigante, dormía Wonambi, una serpiente tan larga que si se estiraba podía dar tres vueltas y media alrededor del mundo. Y sus escamas brillaban con todos los colores del ropero del sol: rojo tomate, naranja mandarino, amarillo pollito, verde lechuga, azul mar, añil de la noche, y violeta de jacarandá.
Un buen día (aunque todavía no había días buenos ni malos porque todo estaba bastante soso), Wonambi se despertó con ganas de desperezarse. Había dormido tanto que tenía todo el cuerpo enroscado y nudoso.
—¡Ay, qué calambre! —dijo bostezando—. Voy a dar una vueltita.
Y empezó a arrastrarse por debajo de la tierra.
Mientras se paseaba, su lomo enorme empujaba la tierra para arriba y esta iba cediendo, no sin ruido, como un pedazo de arcilla amasado y moldeado por una niña artista. ¡CRAAAAC! ¡CRIC! ¡CROC! Por donde pasaba su espalda, nacían montañas como jorobas y colinas como pancitos. Cuando doblaba para un lado, aparecían curvas suavecitas. Cuando doblaba para el otro, surgían picos puntiagudos como sombreros de brujas.
Wonambi siguió paseando y paseando hasta que, de pronto, le dio sed, una sed de las grandes, de esas que dan después de dormir mil años.
—¡Uf, qué seca tengo la garganta! —dijo, y hundió su nariz en la tierra para tomar un traguito.
Y allí donde Wonambi había bebido quedó un pozo hondo que enseguida se llenó de agüita fresca, y lo mismo pasó todas las veces que ella se detuvo para calmar su sed. ¡Así se crearon los primeros lagos, claros como espejos!
Otras veces, mientras avanzaba silbando bajito, su cola dejaba surcos laaargos y ondulados en el terreno, y el agua se ponía a correr por esos caminitos, haciendo glu-glu-glu, y así nacieron los primeros ríos, brillantes como cintas de plata.
Los animales, que hasta entonces habían vivido apretujaditos en cuevas oscuras y aburridas, comenzaron a asomar las narices. El primero fue el canguro, que dio un salto tan alto que casi se golpea con una nube:
—¡Achís, achís, mirá vos! ¡Hay montañas para saltar y valles para explorar!
La rana saltó detrás de él, haciendo plof en un charco:
—¡Y hay lagos! ¡Agua fresca y transparente como el cristal! ¡Qué divinura!
El emú también, salió corriendo con sus patas flacuchentas y dijo:
—¡Ahora sí, bordeando la orilla del río, podré correr hasta perderme en el horizonte!
Todos los animales estaban más que felices, pero pronto se armó un lío de aquellos: el cocodrilo llegó nadando por el río con cara de pocos amigos y se instaló en el mejor lago, el más grande y profundo de todos. Abrió sus enormes mandíbulas llenas de dientes puntiagudos y rugió con voz de ogro:
—¡Este lago es MÍO, TODITO MÍO! ¡Nadie más puede meter ni un dedito aquí!
El canguro puso cara de enojado:
—¡Pará, escuchame, todos necesitamos agua! No es justo que te quedes con el lago más grande solo para vos.
—¡Es mío porque llegué primero, punto y se acabó! —insistió el cocodrilo, cerrando sus mandíbulas con un CLAP CLAP sonoro.
Los animales se pusieron a discutir como loros. El emú graznaba, la rana croaba indignada, y el canguro golpeaba el suelo con su cola haciendo POM POM POM. El bochinche era tan grande que retumbó hasta el fondo del lago.
Entonces Wonambi, que estaba durmiendo la siesta, se despertó sobresaltada.
—¿Pero qué barullo es este? ¡Parece una bailanta sin música!
Enseguida emergió del lago y se elevó sobre la tierra como una columna de humo negro. De pronto, el cielo se nubló todo y empezó a caer una tormenta descomunal. Los truenos rugían furiosos, haciendo temblar incluso a los árboles más fuertes, y las coloridas escamas de Wonambi relucían alumbradas por cada nuevo relámpago. Los animales se quedaron mudos y bien quietitos como estatuas, con los ojos redonditos de asombro.
—¿Por qué discuten tanto? —preguntó la serpiente con una voz que silbaba como el viento, alcanzando todos los rincones—. Yo hice este mundo para todos ustedes, para que vivan felices como castañuelas. Hay muchos lagos, muchos ríos y muchas montañas, pero todo esto solo puede funcionar si aprenden a compartir y vivir en paz, como buenos vecinos.
Luego miró al cocodrilo directamente a los ojitos:
—Vos, cocodrilo malhumorado, podés vivir en este lago todo lo que quieras, pero tenés que dejar que los demás vengan a bañarse, nadar y tomar agüita cuando tengan sed. Y ustedes —miró a los otros animales— deben respetar que el cocodrilo también necesita su lugarcito tranquilo para descansar.
El cocodrilo bajó la cabeza, más colorado que un tomate maduro:
—Tenés razón, serpiente Wonambi. Discúlpenme, amigos. A partir de ahora, todos pueden venir al lago cuando quieran, ¡punto y se acabó!
En ese mismo instante, la tormenta se aclaró y de atrás de una nube gris se asomó un cachito dorado de sol. La rana saltó contentísima y le dio un besito en la nariz al cocodrilo:
—¡Y vos podés visitarnos en nuestros charquitos cuando quieras!
Con esto, las nubes se abrieron y se tornaron blancas y suaves como ovejas pastoriles, y el sol resplandeció en medio del cielo alegrando los corazones de todos los presentes, ¡incluso de Wonambi! A medida que la lluvia se retiraba, las gotas de agua suspendidas en el aire se unieron a los rayos del sol para formar un espléndido arcoíris.
Los animales se miraron unos a otros y comprendieron: había lugar suficiente para todos en este nuevo y fascinante mundo. Cuando voltearon para agradecer a Wonambi, esta ya no estaba, ¡se había esfumado!
Desde entonces, cada vez que llueve y sale el sol al mismo tiempo, los animales se ponen a mirar el cielo a ver si encuentran a Wonambi, la enorme serpiente arcoíris que conecta al mundo de arriba con el de abajo, a los lados izquierdo y derecho, y a todos los seres vivos entre sí. Su cuerpo curvo de colores brillantes te recuerda que ella siempre está ahí, muy cerquita, cuidando el mundo que creó con tanto cariño y soñando, cuando se enrosca quietita debajo del lago, con los nuevos mundos que creará cuando, en una de esas, de nuevo despierte.
FIN
Que el fuego encendido del empuje y la pasión (Caballo de fuego, sol en Aries) que se opone estos días al metal de la precisión y el discernimiento (mes del conejo de metal, luna llena en Libra) lo alumbre sin fundirlo, haciéndolo en todo caso lo suficientemente maleable como para crear un utensilio, una joya, una herramienta de realización en tu vida.
¡Cariños, y hasta muy pronto!
Vero