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Vivir lento
Tres maneras de lograrlo sin perecer en el intento
Amiga, amigo, aquí estoy de nuevo con este intento de acercarte un poco de mi universo mágico y, al mismo tiempo, reflexivo acerca de la cosmovisión china y de cómo esta se integra con el todo más amplio de otras tradiciones y miradas sobre la casa, las estrellas y el mundo en general.
Hoy, además de la prometida continuación del libro La casa mágica de Scott Cunningham, quiero dejarte algunas líneas breves sobre vivir lento, que en algunos sitios se ha convertido casi en un movimiento social, paralelo, por cierto, a ese otro nacido en Italia que se conoce como Slow Food (Comida lenta). Creo que todas resonamos, en mayor o menor medida, con la necesidad de frenar un poco el ritmo ajetreado de la vida diaria. En general, creemos tener poco tiempo para escucharnos, poco tiempo para el ocio y poco tiempo para el disfrute profundo de los placeres simples de la vida. Y esa creencia, o sensación, nos lleva a acelerarlo todo. Si mi cuerpo me habla, lo oigo a medias porque no tengo tiempo de entender qué le pasa a mi rodilla, porque tengo una reunión, porque alguien me llama (excusas sobran), y si me duele mucho me tomo un analgésico y salgo corriendo con medio café en el estómago. Si tengo unas horas libres, me apresuro a llenarlas con cosas para hacer porque el tiempo hay que aprovecharlo sí o sí: hemos perdido (¿desde niñes?) la capacidad de flotar sin rumbo en el bel far niente. Cuando como, debo hacerlo rápido para pasar lo antes posible a la siguiente tarea, como si el momento de ingerir alimentos no fuera, en sí mismo, uno de los más sagrados del día. En fin, la lista de prisas y atropellos contra nuestros ritmos biológicos pica y se extiende. Por eso surgen movimientos como Slow food y filosofías como Slow living: todo ello no es más que un intento cuerdo, sensato, necesario, de reestablecer un equilibrio perdido.
Vivir lento no significa negar o desdeñar la rápida carrera del guepardo tras su presa, ni el reflejo salvador que impide que se nos derrame el agua de una olla. Significa, simplemente, respetar los ritmos de la naturaleza (interna y externa) dando a cada actividad el tiempo y espacio suficientes para que pueda realizarse a cabalidad. Porque lo otro, el hacer las cosas a las apuradas, las prisas, las medias tintas… solo conducen a un lugar triste e insípido llamado mediocridad.
Pero quizá te hayas dado cuenta de que, por mucho que entendamos y sintamos ¡hasta en los huesos! la necesidad de parar o bajar el ritmo, ¡hacerlo no es fácil! El sistema socioeconómico en que vivimos nos tiene adiestradas para priorizar la productividad, el éxito y la eficiencia antes que cualquier otra cosa y eso… eso, querida amiga, ¡requiere esfuerzo, requiere competencia y requiere una dosis importante de estrés! ¿O es que te crees que esa gente millonaria que pasa las vacaciones en un yate en Grecia llegó ahí sin poner nada? ¿Y qué quieres hacer tú con tu vida, sino llegar ahí? Aunque tal vez prefieras otro tipo de gratificaciones, como poder salir de compras e ir tachando, uno a uno, los objetos que llevas tanto tiempo queriendo comprar. O como enviar a tus hijos al colegio o a la universidad más cara del país, porque lo caro siempre vale más, etc.
Perdón por la ironía.
Y claro que esto último es toda una exageración. En realidad, ¡hoy en día no hace falta querer tanto para vivir estresadas! Si el simple hecho de querer sobrevivir (pagar comida, techo y educación, y que te queden un par de monedas extra a fin de mes) ya es suficiente para mantenernos en vilo todo el día y toda la noche. ¡Gracias a Dios que hay internet! Pues ¿adónde escaparíamos, si no, de todo nuestro apuro? Ah, pero ahí tenemos otra arma de doble filo, porque las pantallas… ya se sabe, de noche… nos dan la sensación de que tenemos mucha pila cuando, en realidad, ya no damos más, y en condiciones “normales” deberíamos estar durmiendo.
No es fácil.
Es cierto, pero… ¿podemos intentarlo?
¿Podemos intentar escucharnos más a nosotras mismas, darle espacio al ocio y reconocer nuestras necesidades y funciones básicas para poder abrazarlas y dejar caer el resto, simplificando así nuestras vidas?
Esto de las “necesidades y funciones básicas” no significa, por cierto, que tengamos que volver a ser primates. La espiritualidad y la actividad intelectual son, a mi entender, ámbitos tan esencialmente humanos como la comida o la casa.
El caso es que desacelerarnos nos cuesta y que, para hacerlo, tenemos que reeducarnos, reconfigurarnos, reimaginarnos a nosotras mismas en situaciones y estados quizá nunca antes experimentados. Y para ello debemos romper con hábitos y patrones neuronales firmemente arraigados y difíciles de quitar porque son diminutos e invisibles, tanto como una célula.
La buena noticia es que el trabajo empieza en un lugar cercano y de fácil acceso, y que nada ni nadie puede impedirte que lo hagas, si realmente te decides.
Ese lugar es tu propio corazón.
El otro día, estaba yo en una ferretería comprando algo y me sorprendió in fraganti un momento de pura poesía. Mientras yo esperaba un vuelto, o unos tornillos, ya no recuerdo, entró un señor mayor, con boina de gaucho, y, sin decir nada, se puso a esperar. Al verlo, en modo automático le dije rápidamente que yo ya estaba por salir, a lo cual él respondió: “No pasa nada, yo tengo tiempo. ¡Tiempo es lo que me sobra! La vida se termina y el tiempo sigue de largo”. ¡Wow! Su manera de ver el tiempo puso la mía patas arriba y pensé: claro, es que uno se pasa la vida tratando de “tener tiempo”, cuando en realidad es el Tiempo el que lo tiene a uno.
Así que hay que soltar. No del todo, pero sí lo suficiente como para recuperar un poco de nuestra confianza básica en la Vida, ¿no? Soltar el control del minutero que nos mantiene corriendo en círculos día y noche, sin dejar nunca que despeguemos ¡y volemos!
Otra buena noticia es que el feng shui (al igual que el qigong o la meditación) puede ayudar en esto de reeducarnos. Pero antes de contarte cómo empezar a vivir un poco más lento, a habitar la pausa, quiero invitarte a imaginar que estás cómodamente sentada en una terraza cubierta, rodeada de frondosos helechos colgantes y con vista hacia un hermoso valle. En el fondo de tu atención flotan las notas suaves de un piano, mezclándose con un sutil aroma a vainilla que abre y relaja todos tus sentidos. Tu piel, tus músculos y tendones se deleitan secretamente en la temperatura perfecta del aire. Pronto anochecerá, te sientes satisfecha con tu día y no tienes nada urgente que hacer. Mientras esperas la maravillosa infusión que están por traerte, cierras los ojos y te deslizas hacia un estado energético de total armonía y equilibrio que, hasta hoy, había sido patrimonio exclusivo del sueño. Tu sensación de plenitud se convierte en gratitud y sonrisa. Nada te sobra, nada te falta, eres gracia, una gracia que se expande a tu alrededor iluminándolo todo y a todos.
Eres gracia. Esa es la clave.
Te propongo que tomes esta frase como un hechizo secreto que te regalo: Soy gracia. Puedes repetirla como una afirmación, ponerla en tu heladera o incluso tatuártela si quieres. Lo importante es que la interiorices para que tu ser empiece o siga recordando que es una chispa del fuego del espíritu, llameando incesante al pie de una enorme y sabia montaña que te protege y te guía.
Ninguna llama divina ardiendo al pie de una montaña puede tener prisa.
Su ritmo, su tiempo, es el del orden cósmico y no otro. Ningún otro. Así que no llegarás tarde a ninguna parte por ser cada vez más tú. O quizá sí, mientras tus rutinas mutan a algo que te permita estar en ambos lados al mismo tiempo, sin descalabrarte: afuera y adentro, en la rapidez del mundo y en la pausada paz que llevas dentro, y que hasta ahora solo has disfrutado por momentos.
Ahora bien, ¿qué es lo que podemos hacer en nuestros espacios para favorecer ese cambio de chip del que te vengo hablando?
Primero: incorporar, favorecer, trazar, habitar y disfrutar las formas curvas. Puedes pintar arcos sobre tus puertas y ventanas, hacer curva la cabecera de tu cama, pintar un mural con formas orgánicas en tu pasillo… ¡Las posibilidades son infinitas! Lo importante es saber que las formas curvas nos sintonizan con los ritmos de la naturaleza y nos permiten absorber sus bendiciones. Plantas, mesas redondas, curveadas mecedoras, cuadros con motivos florales son algunos elementos más que rebozan este tipo de energía.
Segundo: los colores pastel, tierra y neutros favorecen la ecuanimidad. Como te dije antes, no se trata de negar lo Yang (que en este caso serían los colores cálidos, vivos y vibrantes), sino de buscar un equilibrio en el que ambas “polaridades” de la energía puedan prosperar y encontrarse. El carácter ecuánime de los colores mencionados hace que te dejes llevar menos por los vaivenes de la vida, ayudándote a encontrar un centro desde el cual modular tus interacciones de una manera pausada y sabia.
Tercero: usa sonidos armonizantes para limpiar tu ambiente, y tu mente, de la estática que con frecuencia generan el trabajo, la prisa, la calle, el consumo o cualquier cosa que te haga ruido. Ojo, no es que yo sea una detractora del trabajo per se, pero reconozco que muchos modos de trabajar hoy en día implican estrés porque funcionan de acuerdo al modelo de la hiperproductividad. Si tu trabajo está alineado con tu vocación y talentos y lo realizas de forma armónica, en buena comunicación con tus colegas y, sobre todo, con amor, por favor obvia el ítem “trabajo” de la lista anterior 😉 Los sonidos armonizantes por excelencia, de acuerdo al feng shui, son los que producen los instrumentos metálicos como cuencos o carrillones, los de los relojes de pared y la música suave de piano.
Creo que todo el feng shui nos lleva a vivir un poco más lento porque enriquece el eje Espacio de la vida, no para ignorar el Tiempo y fingir que la prisa no existe, sino para seducirlo y lograr que se relaje, que se quede un poco y nos permita poblarlo más con nuestras propias historias y no tanto con las historias de otros (el jefe, la economía, los diarios).
Sea como sea, más que aplicar consejos y fórmulas chinas, mi recomendación es que habites tu casa, tu taller, tu aula y todos los espacios con intencionalidad, apagando definitivamente el modo automático de comportarte y siendo consciente de tu poder creador. Y sí, hay que reconocer que frenar el tiempo lleva tiempo, lleva repetición y constancia, de modo que ¡no te rindas! Así es el señor Cronos, un poco totalitario, quizás, pero si le agarramos la maña, como dicen, es posible que a la larga termine llenándonos de bendiciones. Porque, contrariamente a lo muchos piensan, Cronos también es amigo de la lentitud, o mejor dicho, del largo plazo.
Y ahora sí, te dejo con mi versión en español del primer capítulo de La casa mágica, de Scott Cunningham.
¡Buena lectura, y hasta la próxima!
Vero
Capítulo 1: Tradiciones populares
(Traducción del libro La casa mágica, de Scott Cunningham, por Verónica Ortega)
Siempre han existido hogares mágicos. Como todos sabemos, las primeras viviendas fueron cuevas. Los humanos prehistóricos se instalaron en cavernas deshabitadas y establecieron allí sus hogares.
En los lugares donde las cuevas escaseaban o no estaban disponibles, los pueblos paleolíticos construyeron tiendas y excavaron hogares subterráneos. Para protegerlas de los efectos del mal tiempo, aquellos gentes ubicaban cuidadosamente estas viviendas, a menudo a lo largo de valles fluviales bajo acantilados volados. Las tiendas se fabricaban con pieles cosidas. Se han encontrado agujas antiguas. Las casas más sólidas se excavaban en la tierra y se techaban con cuero y trozos de césped. Quemando huesos y madera para calentarse, estos pueblos primitivos se encontraban a salvo, bajo techo y razonablemente seguros, ya que además podían hallar comida en todo su entorno.
No podemos saber qué pensaban los pueblos paleolíticos del mundo ni del lugar que ocupaban en él; tampoco podemos determinar sus ideas religiosas o espirituales. Basándose en pinturas rupestres, tallas y estatuillas, algunos arqueólogos han formulado conjeturas sobre el pensamiento religioso y mágico de aquellos primeros humanos, pero estas siguen siendo meras especulaciones. En todo caso, esos pueblos primitivos debieron haber deseado muchas de las mismas cosas que nosotros: compañía, seguridad, comida, entretenimiento, sexo y satisfacción.
Aunque sus hogares carecían de paneles solares, vigas de acero y garajes para tres autos, cumplían la misma función que cumplen hoy los nuestros: proteger a sus habitantes. Nuestros lejanos antepasados veían sus casas como escudos contra espíritus y fuerzas invisibles, poderes que parecían impulsar al sol y la luna a través del cielo, causar el destello del fuego en la noche y proveer calor después de los fríos mortales del invierno. Así, la casa estaba tan repleta de cualidades mágicas como la vida misma.
Habiendo permitido a estos pueblos primitivos sobrevivir a la última gran era glacial, la casa asumió un carácter sagrado. En el mundo occidental, vestigios de esta aura mística perduraron hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando muchas costumbres rurales quedaron destruidas para siempre. Sin embargo, tanto en Oriente como en partes aisladas de Occidente, el hogar aún conserva un rastro de su herencia mágica.
Los primeros ritos religiosos probablemente ocurrieron en el hogar comunal. Una vez que se empezó a adorar a los espíritus y deidades domésticas, las prácticas religiosas asociadas se modificaron para incluir un sentimiento de reverencia hacia el espíritu de la casa. Hoy en día, los más conocidos de estos espíritus son los lares de los romanos.
Imagen de algunos lares romanos. Vasija de arcilla, S. II d. C.
Los lares eran deidades tanto domésticas como familiares. Se les consultaba sobre asuntos cotidianos y se les hacían ofrendas de harina y sal. Así que el hogar era el centro de la vida, no solo en este mundo, sino también en el mundo espiritual.
Cada hogar era un templo. Cuando se construían casas, se hacían sacrificios para apaciguar a estas primeras diosas y dioses domésticos. Estos sacrificios incluían frutas y granos, animales y huevos fértiles recién puestos.
Los huevos a menudo se sustituían por carne viva, que los pueblos primitivos de todo el mundo una vez consideraron la ofrenda más apropiada para una deidad. El huevo se incorporaba a la casa o se rompía sobre sus cimientos para bendecirla con energía vivificante. El hogar siempre ha sido protegido mágicamente.
Los sajones, por ejemplo, colocaban astas en los extremos y picos de sus techos para ahuyentar el mal. Esta costumbre se refleja débilmente en el uso, ahora en disminución, de remates de techo. Durante los tiempos medievales, las casas se salvaguardaban con trozos u objetos de hierro: bajo los cimientos se distribuían cuidadosamente cabezas de horquillas, trozos de cadena, guadañas rotas y espadas a fin de detener la entrada de energías malévolas. Más tarde apareció la costumbre de emparedar escobas con propósitos protectivos. Esto de la magia negativa es un concepto importante.
La magia solo emplea un tipo de poder, aunque este puede canalizarse de varias maneras, que podemos simplificar diciendo que puede ser positiva o negativa. Hace 200 años, e incluso más recientemente, todo el mundo practicaba algún nivel de magia como parte de su vida cotidiana: las mezclas de la cocina se revolvían el sentido horario, la plata se giraba en luna nueva y las cunas de los bebés se protegían con ajo. La mayoría de las supersticiones son remanentes de tales actos mágicos antiguos. La gente de antes no detenía toda la magia que fluía hacia sus hogares, sino solo aquella de tipo maléfico, bien sea real o imaginado.
La magia positiva y beneficiosa era una invitada permanente, lanzaban hechizos dentro del hogar para crear un espíritu o esencia más fuerte. Un hogar mágico no es simplemente un lugar protegido contra la magia negativa, es un lugar donde florece la magia positiva. Lamentablemente, hoy, el hogar ha perdido la mayoría de sus cualidades mágicas.
En China, sin embargo, los hogares aún se diseñan y ubican según la tradición mágica antigua. En un pasado no muy lejano, nadie construía una casa sin consultar antes a un fengshuista, es decir, un experto en las configuraciones naturales del terreno, las montañas, llanuras, valles, ríos, rocas y bahías, así como en los diferentes tipos de construcciones y sus propiedades mágicas. Para estos entendidos, una casa ideal debía construirse en forma de U, con el océano enfrente y una montaña detrás.
Las vías de tránsito nunca deben apuntar directamente hacia la casa, porque la energía, o qi, viaja demasiado rápido por ellas. Quienes vivan en una casa así ubicada se quemarán, literalmente, por el exceso de energía. Un giro en ángulo recto en el camino reduce el flujo de energía hacia el hogar, protegiéndolo a este y a sus habitantes.
Los chinos también veneran cinco dioses o espíritus domésticos que residen en cada hogar. Men, dios de las puertas, Hu, dios de las ventanas, Qin Chuan, dios del pozo, Cheng Yu, dios de los aleros, y Cao Chun, dios del hogar y la estufa de cocina, quien salvaguarda toda la casa y vigila la conducta de quienes la ocupan. Desafortunadamente, la carrera reciente de China por aprender y utilizar la tecnología occidental podría terminar muy pronto con las viejas tradiciones del país.
Los jóvenes ya no están interesados en los modos de vida de sus abuelos. Aunque ahora está prohibido en China, al parecer, el feng shui está floreciendo en Hong Kong. Numerosas tradiciones curiosas respecto a la casa y su construcción han sobrevivido.
En el Medio Oriente, por ejemplo, se dice que el número de vigas de una casa debe ser par para no atraer la mala suerte. Por otro lado, en Tailandia las casas suelen tener un número impar de puertas, ventanas, habitaciones y escaleras, pues se cree que un número par de estas haría a la casa susceptible de derrumbarse debido a un terremoto. En Hawái, antes se creía que construir un hogar junto a una vivienda adyacente más alta dispersaba la buena fortuna.
En los Ozarks, en tiempos recientes, los montañeses de la vieja escuela utilizaban unas pocas tablas de un edificio viejo en la construcción de todo nuevo hogar. Si esto no se hacía, se decía que la mala fortuna, la enfermedad o incluso la muerte caería sobre las personas que vivieran en la casa.
Tal vez los vestigios más coloridos de la magia hogareña en Estados Unidos hoy sean los símbolos hex de los holandeses de Pensilvania. Estos alegres carteles, que aún se ven recién pintados en casas de granja y graneros en el sureste de Pensilvania, no tienen nada que ver con hechizos ni con Holanda. En este caso, la palabra inglesa Dutch es una corrupción de Deutsch, que significa “alemán” en alemán. Muchos de los refugiados perseguidos que se establecieron en Pensilvania venían de Alemania. Los símbolos, o signos, se conocieron alguna vez como sechs, o “seis” en alemán. Tal vez recuerdan esto porque a menudo contienen estrellas de seis puntas.
Algunos ejemplos de símbolos hex de los “holandeses” de Pensilvania
En algún punto, la palabra cambió de sechs a hex, derivada de la palabra alemana para “bruja”. Hoy en día, conocemos estas imágenes mandálicas como “signos hexadecimales de los neerlandeses de Pensilvania”. Puestos como decoración en graneros enormes y casas limpias y resistentes, los signos hex continúan esparciendo sus hechizos. En realidad, son una combinación curiosa de magia y religión, una custodia para el hogar y la granja y una celebración gráfica de la naturaleza y lo divino. Gotas de lluvia, estrellas, hojas de roble y bellotas, tréboles de cuatro hojas, corazones, tulipanes y palomas, lirios y patrones geométricos abstractos son elementos de diseño comunes. También se usan colores vívidos por sus propiedades místicas.
El verde trae abundancia, felicidad, suerte y prosperidad al hogar. El azul significa amor espiritual, protección, belleza y verdad. El marrón invoca terrenalidad y placer sensual, mientras que el blanco representa pureza, alegría y protección. El rojo trae amor y libertad. Las combinaciones de rojo, azul y amarillo protegen contra enfermedades y hechizos. Según cierta tradición, siete signos hex en un solo edificio protegían contra hechizos malvados, fuego, rayos, inundaciones y otros desastres naturales.
Aunque los signos hex a veces se pintan o cuelgan en edificios, se usan más a menudo dentro del hogar. Signos específicos se cuelgan sobre la cama o en la habitación principal para atraer amor, salud y riqueza a sus ocupantes. Cualesquiera que sean sus orígenes, los símbolos hex son recordatorios coloridos de que la magia vinculada a la casa aún está viva hoy.
Un ejemplo actual de una tradición antigua que sigue viva tiene que ver con la aplicación de pintura blanca o pegatinas a las ventanas de hogares y edificios aún en construcción. Esto se hacía originalmente para que los espíritus malvados, asustados o mágicamente bloqueados por la pintura blanca, no pudieran volar a través de las ventanas cerradas y ocupar la residencia antes de que la casa estuviera terminada y sus inquilinos se hubieran mudado. Aunque hoy seamos inquilinos de apartamentos, la naturaleza mágica de nuestros hogares no ha cambiado significativamente desde que habitábamos en cueevas.
Las mujeres paleolíticas acurrucadas bajo mantos de pieles, en la calidez relativa y la seguridad de su hogar primitivo, quizá no disfrutaron de los avances de milenios de civilización que conocemos, pero poseían una afinidad con el mundo natural que nosotros hemos perdido. Seguras bajo aquellas pieles de animales, con el fuego crepitando a sus pies y los miembros de sus familias formando un aro a su alrededor, debieron adentrarse cada noche en el reino de los sueños seguras en su hogar mágico, protegidas contra los espíritus que cabalgaban los vientos y de la tribu salvaje que vivía más allá de la siguiente cordillera.
¿Podremos nosotros hacer lo mismo?